David Burgos, psicólogo clínico especializado en adicción al juego, atiende desde hace más de 30 años a personas con problemas de ludopatía en la Asociación Burgalesa de Rehabilitación del Juego Patológico (ABAJ). Ha concedido una entrevista al periodista Carlos de Jurado para el portal especializado MisCasasdeApuestas.com, analiza con detalle los cambios en el perfil del jugador, el papel de las familias y las carencias del sistema en materia de prevención.
Aunque su experiencia se forjó durante años en salas de juego presenciales, David Burgos tiene claro que el panorama ha cambiado radicalmente. “Antes tratábamos sobre todo a jugadores de tragaperras o de loterías, hoy el perfil es mucho más joven”, afirma. En su consulta no es extraño ver a chicos de 18 o incluso menores de edad que ya presentan un comportamiento consolidado, con patrones compulsivos que se han desarrollado en poco tiempo gracias a la accesibilidad del juego online.
Según el psicólogo, el inicio en las apuestas suele ser social, casi lúdico. “Empiezan apostando en grupo, con amigos, por dos o tres euros. A veces incluso les invitan a una bebida o a una hamburguesa”. Pero cuando uno del grupo gana, quiere repetir. Y lo que era un acto compartido se convierte en una rutina en solitario. Esa transición, explica, suele ser una de las primeras señales de alarma. “El paso de la diversión compartida al juego individual marca un punto de inflexión”, añade.
Uno de los factores clave en esta evolución es el papel de Internet. Las apuestas online permiten jugar desde casa, a cualquier hora y sin supervisión externa. “La comodidad, el anonimato y la rapidez hacen que el deterioro avance más deprisa y sea más difícil de detectar”, advierte. Y aunque el jugador presencial mantiene una mínima exposición social (rutinas, horarios, trato humano), el jugador online puede mantener su conducta oculta durante semanas o meses. “Es un perfil más aislado, con acceso constante al crédito y refuerzos inmediatos”.
¿Se puede jugar con control?
Burgos reconoce que existe un pequeño porcentaje de personas que apuestan con autocontrol, incluso con cierta rentabilidad. Pero subraya que no es la norma. “Una cosa es analizar un partido; otra muy distinta es gestionar emocionalmente una racha de pérdidas”, explica. En su experiencia, la mayoría de los jugadores no llegan a apostar por lógica o análisis, sino por ansiedad, por evasión o por necesidad de estímulo. “Lo que empieza como ocio puede desbordarse sin que la persona se dé cuenta”, advierte.
Y no se trata solo de impulsividad. Existen factores personales y contextuales que aumentan la vulnerabilidad: baja tolerancia a la frustración, inmadurez emocional, problemas familiares o situaciones vitales complicadas. “También hay diferencias por género: las mujeres suelen iniciarse más tarde y por motivos distintos, como el aislamiento social o la evasión emocional”, añade.
En cuanto a las señales de alerta, Burgos destaca algunas pistas comunes: cambios de humor, insomnio, bajada de notas, irritabilidad o aislamiento social. “A veces dejan de hacer deporte, de salir con amigos, o se encierran durante horas. No siempre es evidente al principio, por eso es clave la información y la observación por parte de las familias y docentes”.
Prevención, entorno y juego legal
David Burgos insiste en que la familia es un actor clave, pero no siempre sabe cómo actuar. “No se trata de culpar, pero sí de entender que los padres son el primer filtro. Algunos prefieren mirar hacia otro lado y otros, cuando descubren el problema, ya están desbordados”. Por eso subraya la importancia de actuar pronto y acudir a profesionales o asociaciones especializadas como ABAJ.
Respecto al papel de la Administración, el psicólogo no duda: “El juego es legal y eso no se discute, pero si es legal, debe ser también seguro”. Considera necesario reforzar la formación de médicos, psicólogos escolares y trabajadores sociales, y propone la creación de unidades específicas en centros de salud. “Las leyes están bien, pero necesitan apoyo sobre el terreno: campañas en colegios, recursos para asociaciones, formación continua”, reclama.
Sobre el concepto de “juego responsable”, cree que tiene sentido como idea general, pero pierde eficacia cuando se aplica a personas que ya han desarrollado una adicción. “Es como decirle a un alcohólico que beba con moderación. Para usuarios ocasionales puede servir de recordatorio, pero no es una solución para casos graves”.
Publicidad y ocio controlado
También hay espacio en la conversación para hablar de la publicidad. Burgos no propone su prohibición total, pero sí una revisión de su impacto. “La publicidad crea expectativas, asocia el juego con éxito, euforia o pertenencia. Aunque haya horarios regulados, sigue presente en redes, eventos deportivos o contenidos digitales”. La clave, insiste, es combinar regulación, información y transparencia.
¿Y qué ocurre con quienes apuestan pequeñas cantidades para animar un partido? Burgos lo tiene claro: “No necesariamente es un problema. Hay muchas personas que juegan de forma puntual y no desarrollan una conducta adictiva. Pero conviene saber por qué se apuesta y estar alerta si ese hábito cambia”.
Como conclusión, deja un mensaje claro: “No se trata de demonizar el juego, sino de entender cómo, cuándo y por qué puede convertirse en un problema. La prevención empieza con información y con educación”.

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