David Galadí Enríquez, Universidad de Córdoba
Jaume I el Conquistador había llegado el 2 de junio de 1239 a la ciudad de Montpellier, ahora francesa pero, por entonces, bajo el dominio de la Corona de Aragón.
Al día siguiente lo sorprendió un fenómeno inesperado, tan chocante que el propio rey consideró que valía la pena mencionarlo en las memorias que dictó muchos años después, su famoso Llibre dels fets (“Libro de los hechos”). Entre las varias versiones del texto que se conservan, el manuscrito C incluye este pasaje –en catalán antiguo– dentro del breve capítulo 305:
“E entram en Muntpesler en dijous, e el divendres, entre’l migjorn e hora nona, fo eclipsis major que anch hom veés, de memòria de aquells qui ara són, car tot lo sol cobrí la luna e podia hom veer bé set esteles en lo cel”.
Es decir:
“Y entramos en Montpellier en jueves, y el viernes, entre el mediodía y las tres de la tarde, sucedió un eclipse mayor que el que nadie hubiera visto, según el recuerdo de los que ahora están, porque todo el sol cubrió la luna y se podían ver bien siete estrellas en el cielo”.
Un suceso inesperado
Hay muchos motivos para asegurar que Jaume I y su corte no esperaban el fenómeno, que los sorprendió por completo. El impacto tuvo que ser tan fuerte como para que el rey lo considerara digno de mencionar treinta y cinco años después, cuando dictó sus memorias (dado que él no sabía escribir).
Circulan muchos relatos míticos y exagerados sobre la supuesta capacidad de las culturas antiguas para predecir eclipses de Sol. Por ejemplo, suele decirse que Tales de Mileto pronosticó el eclipse total del año 585 a. e. c.
Algunas regularidades como el ciclo de saros, un período de aproximadamente 18 años, 11 días y 8 horas tras el cual la Tierra, la Luna y el Sol recuperan la misma alineación geométrica, permiten emitir alertas en torno a fechas en las que podría suceder un eclipse, y pueden ser bastante efectivas en el caso de los eclipses de Luna. Pero conocer de antemano cuándo y, sobre todo, dónde ocurrirá un eclipse total de Sol quedaba fuera del alcance de todas las culturas anteriores a la revolución científica.
Sí es cierto que muchas civilizaciones conocían el mecanismo que subyace a los eclipses: el juego de interposiciones y sombras entre la Tierra, la Luna y el Sol. Y, de hecho, el propio relato del rey Jaume I es un ejemplo. A pesar de la ambigüedad gramatical sobre cuál es el objeto y cuál el sujeto de la expresión “tot lo sol cobrí la luna”, en su época se sabía lo suficiente como para que la única interpretación posible coincida con la explicación que daríamos hoy: el disco lunar pasó por delante del Sol.
La conclusión es que Jaume I y su corte tuvieron mucha fortuna, una suerte loca. Cada eclipse total de Sol se llega a ver desde un área muy pequeña del planeta, y la probabilidad de que uno de estos fenómenos pase por la puerta de nuestra casa resulta bajísima. Los cálculos están hechos: si queremos sentarnos en el patio de casa hasta que pase por allí un eclipse total de Sol, entonces tendremos que armarnos de paciencia, porque en promedio nos tocará esperar unos 380 años.
Predicción de eclipses hoy
Desde el arranque de la física de Newton, gracias a las mejoras en técnicas de observación (telescopios) y los avances enormes en matemáticas, la nueva ciencia de la mecánica celeste mejoró la precisión en la predicción de eclipses de una manera prodigiosa. En la actualidad sabemos dónde y cuándo se produjeron y producirán todos los eclipses solares y lunares con exactitud de unos cuantos metros y fracciones de segundo. Las mayores incertidumbres no se deben a nuestras capacidades de cálculo, sino al carácter irregular de la rotación del planeta Tierra.
Xavier Jubier Eclipse Page
Así se ha podido calcular no solo la frecuencia de eclipses solares totales a la que hacíamos referencia antes, sino otra multitud de detalles sobre estos fenómenos. Por ejemplo, la fase total de un eclipse de este tipo puede durar desde menos de un segundo hasta, como máximo, siete minutos. Un eclipse solar de tres minutos ya empieza a considerarse largo.
Pues bien, Jaume I no solo tuvo la suerte de que le cayera un eclipse sin haberlo buscado, sino que le tocó uno de los largos: sabemos que la totalidad de aquel fenómeno, en Montpellier, ascendió a cinco minutos. El eclipse sucedió además en condiciones de observación muy buenas, con el Sol a más de sesenta grados de altura sobre el horizonte, aunque fueron aún mejores (con casi seis minutos de duración) en el centro de la península ibérica.
En tiempos de Jaume I, el Sol y la Luna regalaban el espectáculo mágico de los eclipses solares totales tan solo a las personas con más suerte. En la actualidad lo sabemos todo sobre estos fenómenos, lo que los pone al alcance de cualquiera que disponga del tiempo y el dinero necesarios para viajar.
En 2026 y 2027 dos eclipses solares totales pasarán por España… ¿se los va a perder?
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David Galadí Enríquez, Profesor del Departamento de Física, Universidad de Córdoba
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.
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