¿Por qué tienen tantos colores las flores?

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Eduardo Narbona, Universidad Pablo de Olavide

Existen más de 300 000 especies de plantas con flores polinizadas por animales. Cada una de ellas produce flores de un color único en la naturaleza, lo que crea una gama cromática inmensa y al mismo tiempo fascinante. Producir un colorido llamativo hace que las flores destaquen sobre el fondo verde de sus hojas, y esto les permite atraer con éxito a los polinizadores. Veamos cómo.

Pigmentos florales, un gran invento evolutivo

A los humanos nos va bien imitando lo que ocurre en la naturaleza. Mientras que los pintores usan pigmentos naturales o sintéticos para plasmar sus ideas en un lienzo blanco, las plantas los producen ellas mismas para colorear sus flores.

El color floral generalmente reside en los pétalos, que no son más que capas de células que acumulan pigmentos. Uno de los aspectos más interesantes de esas sustancias colorantes es que incluso en pequeñas cantidades poseen una gran capacidad de absorber parte de la luz visible proveniente del sol.

Así, cuando la luz solar incide en los pétalos, una parte es absorbida por los pigmentos y otra es reflejada. Por ejemplo, percibimos el color rojo de los pétalos de una amapola porque solo reflejan la parte roja de la luz visible y absorben el resto.

Además de las clorofilas verdes, que son relativamente raras en las flores, existen tres grandes grupos de pigmentos florales:

  • Los carotenoides, responsables del color naranja de las zanahorias, normalmente confieren tonalidades amarillas, como sucede en narcisos, girasoles, caléndulas o acacias.
  • Las betalaínas proporcionan la característica tinción roja de la remolacha. Estos pigmentos se encuentran únicamente en la familia de los cactus y otras afines, donde producen coloraciones amarillas, rosas o rojizas.
  • Los flavonoides constituyen, sin duda, el grupo de pigmentos más frecuentes y que mayor gama de colores proporcionan a las flores. Entre ellos están las antocianinas, las reinas de los pigmentos, pues la extensa paleta cromática que producen abarca desde el azul aguamarina al negro púrpura, pasando por los tonos violetas, rosas, naranjas o rojos.
El color de las flores del anagálide, Lysimachia monelli, se produce por la acumulación de un pigmento naranja, las antocianinas.
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Otros flavonoides, como los flavonoles y las flavonas, son incoloros para el ser humano, ya que absorben la luz ultravioleta y no podemos percibirla. Sin embargo, los principales grupos de polinizadores –mayoritariamente abejas, moscas, mariposas o aves– poseen sistemas visuales que les permiten ver este tipo de luz.

En las flores, estos compuestos forman parte de las guías florales. Aunque son marcas generalmente invisibles para el ojo humano, les sirven a los polinizadores para localizar el néctar u otras recompensas florales.

Una flor puede albergar uno o varios tipos de pigmentos. Cuando contiene más de uno, éstos pueden acumularse en la misma zona, lo que produce un nuevo color como resultado de la mezcla. Además, las sustancias colorantes pueden localizarse en distintas partes de la flor y generar patrones cromáticos extremadamente complejos, como es el caso de muchas orquídeas.

Las flores de la orquídea espejo de Venus, Ophrys speculum, imitan la forma y color de una avispa hembra. Estos complejos patrones cromáticos se producen por la combinación de varios tipos de pigmentos, como antocianinas, carotenoides y clorofilas. Además, la parte inferior produce un brillo de apariencia especular.
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Cómo producir muchos colores

Aunque solo existan estos grandes grupos de pigmentos, la diversidad de colores que generan puede ser inmensa, ya que su estructura básica puede sufrir casi infinitas modificaciones moleculares. Por ejemplo, se han documentado más de 600 tipos de carotenoides y antocianinas que varían en su estructura química.

Además, las antocianinas pueden unirse molecularmente con metales u otros flavonoides y producir colores intensos, como el azul de la flor del aciano. Esta tonalidad, tan rara en las flores silvestres, podría haber evolucionado para ser muy llamativa y atraer a las abejas.

Por si fuera poco, otros procesos derivados de la reflexión de la luz en los pétalos pueden aumentar la gama de colores. Por ejemplo, en la amapola de California, las células de la superficie del pétalo son estriadas, lo que potencia su color amarillo anaranjado y produce un característico brillo sedoso.

La amapola de California, Eschscholzia californica, contiene carotenoides de color amarillo y naranja y un brillo sedoso en toda la superficie de los pétalos.
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Todavía más sorprendente es el caso de la orquídea espejo de Venus, en la que las células de la zona central son tan planas que generan un brillo blanco muy potente, generando una apariencia especular.

Un torneo por llamar la atención

En su evolución, las plantas con flores han desarrollado mecanismos para favorecer la polinización entre los mismos individuos de una especie y así evitar la deposición de polen extraño. Un color específico puede ser un mecanismo que propicie esta fidelidad de los polinizadores a realizar visitas entre plantas de la misma especie.

Por otra parte, en las comunidades vegetales hay momentos en los que florecen muchas especies al mismo tiempo. En general, comparten los mismos polinizadores, lo que produce una competencia entre las plantas para atraerlos.

Como resultado de esta rivalidad, las plantas han desarrollado colores florales que son más distintos entre sí de lo que cabría esperar por el azar. Esto se ha encontrado en praderas de zonas tan dispares como Australia, América del Norte o norte de Europa.

Sin embargo, no se conoce todo sobre la evolución del color de las flores. En un estudio reciente se ha demostrado que las antocianinas, los pigmentos más frecuentes en ellas, no son los más llamativos para los polinizadores. Por tanto, deben existir otros factores ecológicos o evolutivos que estén afectando a la producción de pigmentos florales.

Las flores y sus colores todavía nos esconden grandes secretos. Descubrirlos es sin duda un gran reto que debemos asumir para comprender mejor la relación de las plantas con el medio ambiente, más aún en el contexto actual de pérdida de biodiversidad.The Conversation

Eduardo Narbona, Profesor Titular del Departamento de Biología Molecular e Ingeniería Bioquímica, Universidad Pablo de Olavide

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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